La
imaginación de un adolescente puede convertir un suceso más bien nimio y hasta
azaroso en un episodio escarchado de misterio; y así ocurre con Jacobo Studer y
su amigo Ismael Munch (hijo de un librero y una médium: combinación tan inusual
como productiva). Lo que ha ocurrido parece una fruslería: el señor Studer,
padre de Jacobo, se ha retrasado una noche a la hora de volver a casa. Y cuando
lo hace su rostro está triste y su ánimo decaído. Fin. No hay más. Pero ahí
intervienen las mentes de los dos muchachos, quienes llegan a la peregrina
conclusión de que lo más seguro es que tras haber bebido de más en alguna
taberna haya sido atracado, y le hayan quitado la paga del mes, y eso lo haga sentirse
abatido. De ahí a ponerse a investigar (ah, el afán investigador de los niños) hay
un paso francamente corto, que los chavales ejecutan con entusiasmo
desplazándose hasta un barrio no muy recomendable de las afueras, donde
contemplan lo que parece un trapicheo de contrabandistas y donde comienzan a
eslabonar “conclusiones” sobre lo que realmente pasó durante la noche de autos.
Con
esa base argumental tan reducida, Soledad Puértolas construye una historia
breve y muy elegante, que concibió en 1985 (cuando su hijo Diego contaba trece
años) y que leo en Ediciones del Bronce, con ilustraciones de Regina Giménez.
Su hermoso formato y la fluidez de su prosa deparan unas horas muy agradables
de lectura, de la que jóvenes y adultos pueden extraer aprendizajes distintos.
Debo insistir con las obras de esta zaragozana.





