
Sería injusto, a estas alturas de su trayectoria, pretender dar un retrato literario de Juan José Millás, así que me ahorraré la pedantería. A la torre Eiffel o a la Estatua de la Libertad no es necesario explicarlas. Pero lo que no omitiré será la anotación de un hecho que juzgo incontestable: Millás cada vez escribe mejor. Y no se trata tan sólo de una cuestión estilística, o temática, o estructural. Es el hecho de haber accedido a un dificilísimo estadio de “naturalidad narrativa”, como la que demostró Miguel de Cervantes en sus páginas mejores: las frases y las imágenes se van encadenando de modo fluido, armónico, necesario. Las historias (disparatadas unas, emocionantes otras, seductoras todas) van desfilando ante nuestros ojos con la elegancia simple que sólo alcanzan a adquirir los mejores narradores del mundo. Y Juan José Millás (lea sus libros quien me juzgue hiperbólico) forma parte de ese selecto grupo. Su última entrega cuentística, publicada por el sello Seix Barral bajo el título de “Los objetos nos llaman”, es una increíble demostración de cuanto aquí trato de explicar: setenta y cinco cuentos donde el ingenio, el humor, la fantasía y la tierna ironía de Millás se amalgaman para seducir al lector. Esa vieja etiqueta que usan los publicistas de “No podrá dejar el libro una vez empezado” es, en este volumen, rigurosamente exacta. Personas que están muertas sin saberlo; maniquíes que sudan en los escaparates; las mentiras que rodean el mundo de los Reyes Magos; matrimonios mal avenidos, que se articulan sobre las peleas constantes; llamadas que se reciben desde la ultratumba; un padre con poderes negativos, que es capaz de predecir las cosas que no van a suceder; un hombre que se enamora de la chica que le hace encuestas telefónicas; alguien que, a los cincuenta años, consigue que sus padres le confiesen la verdad: que es cojo de nacimiento... La explosión de historias es tan fértil, tan deslumbrante, tan proteica, que sólo alcanzaría a ser totalmente justo si detallara los setenta y cinco argumentos, uno detrás de otro. Y ésa es otra: ¿qué narrador que no sea un prodigio de talento imaginativo se puede permitir el lujo de regalar a sus lectores, en un solo libro, tal cantidad de cuentos, sin caer en la avaricia calculadora de desarrollar quince o veinte, y guardar los restantes para futuras publicaciones? Estamos ante el Millás más generoso, el Millás más brujo, el Millás más genial. La madurez de los grandes es un regalo para la Historia de la Literatura.









